Creemos que Dios se ha dado a conocer por medio de las Escrituras y, de manera suprema, en la persona y obra de Jesucristo. Por eso, la Biblia es nuestra autoridad final y el evangelio es el centro de nuestra enseñanza, adoración y vida como iglesia.
Fundamentos de nuestra fe
Las Escrituras
Creemos que la Biblia, compuesta por los sesenta y seis libros del Antiguo y Nuevo Testamentos, es la Palabra de Dios inspirada, verdadera, suficiente y nuestra autoridad suprema y final para la fe y la vida. Por medio de ella conocemos a Dios, el camino de la salvación y cómo vivir para su gloria.
2 Timoteo 3:15–17; 2 Pedro 1:19–21; Salmo 19:7–11; Mateo 4:4; Juan 17:17.
El Dios trino
Creemos en un solo Dios vivo y verdadero, eterno, santo, soberano, sabio, justo, bueno y digno de toda adoración. Él existe eternamente en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cada persona es plenamente Dios, comparten la misma naturaleza divina y, sin embargo, hay un solo Dios.
Deuteronomio 6:4; Mateo 28:19; Juan 1:1; Hechos 5:3–4; 2 Corintios 13:14.
Los propósitos soberanos de Dios
Creemos que Dios gobierna soberanamente sobre todas las cosas y que sus planes siempre se cumplen para la manifestación de su gloria. En su sabiduría y santidad, Él ordena la historia sin ser autor del pecado y sin anular la responsabilidad humana. La salvación es fruto de su gracia soberana en Cristo, no de los méritos del ser humano.
Salmo 33:10–11; Isaías 46:9–10; Efesios 1:4–6, 11; Romanos 8:28–30; 9:14–18.
La creación, la providencia y el ser humano
Creemos que Dios creó de la nada el universo y todo lo que existe por la palabra de su poder, y que sostiene y gobierna soberanamente su creación conforme a su sabia y buena voluntad. Creó al ser humano, varón y mujer, a su imagen, con igual dignidad y valor, para conocerlo, glorificarlo y vivir en obediencia a Él.
Génesis 1:1, 26–28, 31; Salmo 33:6, 9; Salmo 8:4–8; Colosenses 1:15–17; Hebreos 1:3.
El pecado del ser humano y sus efectos
Creemos que Adán y Eva pecaron voluntariamente contra Dios, rechazando su autoridad y desobedeciendo su Palabra. Como resultado, toda la humanidad quedó bajo culpa, corrupción y muerte. Todas las personas nacen inclinadas al pecado, separadas de Dios e incapaces de salvarse por sus propios méritos u obras. Nuestra única esperanza se encuentra en Jesucristo.
Génesis 3:1–19; Romanos 3:10–23; 5:12–19; Efesios 2:1–3, 12–13; Juan 8:34.
La persona y la obra de Jesucristo
Creemos que Jesucristo es el Hijo eterno de Dios, plenamente Dios y plenamente hombre. Fue concebido por el Espíritu Santo, nació de la virgen María y vivió sin pecado. En obediencia al Padre, murió en la cruz como sustituto de pecadores, resucitó corporalmente, ascendió al cielo y reina con toda autoridad. Él es el único mediador entre Dios y los seres humanos, y la única esperanza de salvación.
Juan 1:1, 14; Mateo 1:18–23; Hebreos 4:15; Filipenses 2:5–11; 1 Corintios 15:3–4; 1 Timoteo 2:5; Hechos 4:12.
La persona y la obra del Espíritu Santo
Creemos que el Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad, plenamente Dios y digno de la misma adoración que el Padre y el Hijo. Él convence al mundo de pecado, da nueva vida, ilumina la mente para comprender la Palabra, habita en todos los creyentes, los une a Cristo y los transforma progresivamente a su imagen. También sella nuestra salvación y garantiza nuestra herencia eterna.
Juan 3:5–8; 14:16–17, 26; 16:8–15; Hechos 5:3–4; Romanos 8:13, 26–27; 2 Corintios 3:17–18; Efesios 1:13–14.
El evangelio y la salvación
Creemos que el evangelio es la buena noticia de que Dios salva a pecadores por medio de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. Esta salvación es completamente por gracia y se recibe mediante el arrepentimiento y la fe en Cristo. El Espíritu Santo da nueva vida, une al creyente con Cristo, lo justifica, lo adopta como hijo de Dios, lo santifica, lo preserva hasta el fin y finalmente lo glorifica.
Marcos 1:14–15; Romanos 1:16–17; 3:21–26; Efesios 2:8–10; Tito 3:4–7; Romanos 8:29–30; Filipenses 1:6.
La llenura y los dones del Espíritu
Creemos que todos los creyentes son morada del Espíritu Santo y deben buscar continuamente ser llenos de Él para vivir con mayor poder, santidad y eficacia en su testimonio y servicio. Creemos también que el Espíritu continúa concediendo dones a cada creyente para la gloria de Cristo y la edificación de la iglesia. Estos dones deben ejercerse con fe, amor, orden y siempre bajo la autoridad de las Escrituras.
Hechos 1:8; 2:17–18, 33; 4:31; 1 Corintios 12:4–13; 14:1, 26, 40; Efesios 4:11–16; 5:18; 1 Pedro 4:10–11.
La vida en Cristo
Creemos que todo creyente, unido a Cristo, es transformado progresivamente a su imagen por el poder del Espíritu Santo. Aunque la presencia del pecado permanece durante esta vida, su dominio ha sido quebrantado. Por eso, descansando en la obra terminada de Cristo, buscamos crecer con gozo en santidad, obediencia y amor a Dios. La Palabra, la oración y la comunión de la iglesia son medios principales que Dios utiliza para nuestro crecimiento. Vivimos también esperando el regreso de Cristo, perseverando con esperanza en medio del sufrimiento y las pruebas.
Juan 15:4–10; Romanos 8:12–14, 28–29; 2 Corintios 3:18; Filipenses 2:12–13; Hechos 2:42; Colosenses 3:16; Hebreos 10:23–25; Tito 2:11–13.
La Iglesia de Cristo
Creemos que la Iglesia está formada por todos los que han sido redimidos por Cristo y unidos en un solo cuerpo, del cual Él es la cabeza. Todo creyente está llamado a pertenecer y participar activamente en una iglesia local, donde somos edificados por la Palabra, la comunión, la oración, el bautismo y la Cena del Señor. La iglesia existe para adorar a Dios, cuidar a sus miembros, hacer discípulos y proclamar el evangelio a todas las naciones.
Mateo 16:18; 28:18–20; Hechos 2:42–47; 20:28; Efesios 1:22–23; 2:19–22; 4:11–16; 1 Corintios 11:23–26; 12:12–27.
Las últimas cosas
Creemos que Jesucristo regresará de manera personal, física y visible, en poder y gloria, como Rey y Juez. Todos los muertos resucitarán: los justos para vida eterna y los injustos para juicio. Dios juzgará con perfecta justicia, derrotará definitivamente el pecado, la muerte y todo mal, y hará nuevas todas las cosas. Su pueblo vivirá para siempre en su presencia, disfrutando plenamente de su gloria en los cielos nuevos y la tierra nueva.
Mateo 24:30–31; 25:31–46; Juan 5:28–29; Hechos 1:11; 1 Corintios 15:51–57; 1 Tesalonicenses 4:16–17; 2 Pedro 3:10–13; Apocalipsis 20:11–15; 21:1–5.
Nuestras convicciones bíblicas
Además de las verdades esenciales que compartimos con la iglesia cristiana histórica, estas convicciones expresan algunos énfasis doctrinales y eclesiológicos que orientan nuestra enseñanza, adoración, liderazgo y vida como iglesia.
Teología reformada
Creemos que Dios es soberano sobre todas las cosas y que la salvación, desde el principio hasta el fin, es obra de su gracia. Dios elige, llama, justifica, adopta, santifica y preserva a su pueblo en Cristo, no por méritos humanos, sino conforme a su voluntad y para la alabanza de su gloria. Esta verdad debe producir humildad, gratitud, seguridad, pasión evangelística y adoración.
Efesios 1:3–6, 11–14; 2:8–9; Romanos 8:28–30; 9:11–18; 1 Corintios 1:26–31; Juan 10:27–29.
Centralidad del evangelio
Creemos que el evangelio —la buena noticia de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo para salvar pecadores— es el mensaje central de toda la Biblia. No es solo la puerta de entrada a la vida cristiana, sino también la verdad que continúa fortaleciendo, consolando y transformando al creyente. Por eso deseamos que nuestra predicación, adoración, discipulado y vida como iglesia estén centrados en la persona y obra de Cristo.
Lucas 24:44–47; Juan 5:39; Romanos 1:16; 3:23–26; 1 Corintios 15:3–5; Gálatas 2:20.
Neumatología continuista
Creemos que el Espíritu Santo continúa obrando poderosamente en la iglesia y concediendo dones espirituales a cada creyente para la gloria de Cristo y la edificación de su cuerpo. Deseamos recibir y ejercer estos dones sin temor, orgullo ni desorden, sino con fe, amor, discernimiento y orden, siempre bajo la autoridad final de las Escrituras.
Hechos 1:8; 2:17–18; Romanos 12:3–8; 1 Corintios 12:4–11, 27–31; 14:1, 26, 40; 1 Pedro 4:10–11; 1 Tesalonicenses 5:19–21.
Liderazgo complementario
Creemos que Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen, con la misma dignidad y valor, y con diferencias buenas que se complementan conforme a su diseño. Todos los creyentes son llamados y capacitados para servir en la iglesia; a la vez, entendemos que la responsabilidad del oficio pastoral o de anciano corresponde a varones bíblicamente calificados, quienes deben ejercer su liderazgo con humildad, amor y espíritu de servicio.
Génesis 1:26–28; 2:18–25; Gálatas 3:28; 1 Corintios 11:3; 1 Timoteo 2:11–14; 3:1–7; Tito 1:5–9; 1 Pedro 5:1–4.
Gobierno de ancianos
Creemos que Jesucristo es la cabeza suprema de la iglesia y que cada iglesia local debe ser gobernada y cuidada por ancianos o pastores bíblicamente calificados. Ellos son llamados a enseñar la Palabra, supervisar, cuidar y proteger al rebaño con humildad, fidelidad y espíritu de servicio. Los diáconos sirven atendiendo diversas necesidades prácticas de la iglesia.
Hechos 14:23; 20:28; Efesios 4:11–13; 1 Timoteo 3:1–13; Tito 1:5–9; 1 Pedro 5:1–4.
Plantación de iglesias
Creemos que la misión de la iglesia es hacer discípulos de todas las naciones, proclamando el evangelio y enseñando a obedecer todo lo que Cristo ha mandado. Entendemos la plantación de iglesias locales sanas como una expresión vital de esta misión, para que más personas conozcan a Cristo, sean cuidadas pastoralmente y crezcan como parte de una comunidad bíblica.
Mateo 16:18; 28:18–20; Lucas 24:44–49; Hechos 1:8; 14:21–23; Tito 1:5.
Interdependencia entre iglesias
Creemos que cada iglesia local responde directamente a Jesucristo, su cabeza, pero no ha sido llamada a vivir aislada de otras iglesias fieles. Por eso valoramos relaciones de cooperación, consejo, cuidado, rendición de cuentas y misión compartida, respetando al mismo tiempo la responsabilidad y el gobierno de cada congregación local.
Hechos 15:1–35; 16:4–5; Romanos 15:25–27; 2 Corintios 8:1–5, 13–15; Gálatas 2:7–10; 3 Juan 5–8.
Formamos parte de la familia de Iglesias Gracia Soberana México.
Virtudes bíblicas que nos moldean
Humildad
Deseamos contemplarnos honestamente a la luz de la santidad de Dios, nuestra condición pecaminosa y la gracia que hemos recibido en Cristo. El evangelio nos recuerda que nuestra salvación no se debe a nuestros méritos, sino únicamente a la gracia de Dios. Por eso buscamos depender de Él, pensar menos en nuestra propia importancia, recibir corrección y considerar a los demás como superiores a nosotros mismos.
Efesios 2:8–9; 4:1–2; Filipenses 2:3–8; Colosenses 3:12; 1 Pedro 5:5–6.
Gozo
Deseamos encontrar nuestro gozo principal en Dios y en la salvación que hemos recibido por medio de Jesucristo. Aun en medio de pruebas, sufrimientos y circunstancias difíciles, podemos regocijarnos porque pertenecemos a Cristo, somos amados por el Padre y tenemos una esperanza eterna. Por eso buscamos ser una iglesia caracterizada por una alegría sincera, profunda y centrada en el evangelio.
Salmo 16:11; Juan 15:11; Romanos 5:1–5; 12:12; Filipenses 4:4; 1 Pedro 1:6–9.
Gratitud
Deseamos reconocer que todo lo bueno que somos y tenemos procede de la gracia de Dios. El evangelio nos muestra que hemos recibido en Cristo mucho más de lo que merecemos; por eso buscamos dar gracias en toda circunstancia, recordar continuamente la bondad de Dios y expresar nuestro agradecimiento tanto a Él como a las personas que usa para bendecirnos.
Salmo 103:1–5; Romanos 8:32; Colosenses 2:6–7; 3:15–17; 1 Tesalonicenses 5:18; Hebreos 12:28.
Aliento
Deseamos fortalecer la fe de los demás mediante palabras que comuniquen gracia y los ayuden a perseverar en su caminar cristiano. Buscamos reconocer y celebrar la obra de Dios en otros, recordarles que por causa de Cristo permanecen aceptos delante de Dios y animarlos a continuar con fidelidad, especialmente cuando estén cansados, débiles o desalentados.
Efesios 4:29; 1 Tesalonicenses 5:11, 14; Hebreos 3:12–13; 10:24–25; Filemón 4–7.
Generosidad
Deseamos reflejar la generosidad de Dios, quien nos ha dado abundantemente en Jesucristo. Por eso buscamos compartir con alegría y sacrificio nuestro tiempo, recursos, capacidades y posesiones para suplir necesidades, fortalecer a la iglesia y contribuir al avance del evangelio. Damos no por obligación ni para recibir reconocimiento, sino con gratitud y confianza en la provisión de Dios.
2 Corintios 8:9; 9:6–11; Hechos 2:44–45; 4:32–35; 1 Timoteo 6:17–19; Hebreos 13:16.
Servicio
Deseamos seguir el ejemplo de Jesucristo, quien no vino para ser servido, sino para servir. La humildad, el gozo, la gratitud, el aliento y la generosidad deben expresarse en una vida de servicio práctico. Por eso buscamos usar nuestro tiempo, capacidades y dones para atender las necesidades de otros, fortalecer a la iglesia y servir al avance del evangelio, sin buscar reconocimiento personal.
Marcos 10:42–45; Juan 13:12–17; 2 Corintios 4:5; Gálatas 5:13; Filipenses 2:3–8; 1 Pedro 4:10–11.
Piedad
Deseamos crecer en semejanza a Jesucristo en cada área de nuestra vida. La piedad no consiste solamente en una conducta religiosa externa, sino en una transformación profunda de nuestros deseos, pensamientos, palabras y acciones. Por la obra del Espíritu Santo, buscamos rechazar el pecado, cultivar el carácter de Cristo y vivir de una manera que agrade y honre a Dios.
1 Timoteo 4:7–8; 6:6–11; 2 Timoteo 3:5; Tito 2:11–14; Filipenses 2:12–13; Gálatas 5:16, 22–25; Hebreos 12:14.
